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En manos de los CDR

El secretario de Puigdemont en la Generalitat, Quim Torra, no tuvo el menor empacho en citar la secesión de Eslovenia como modelo hacia la consecución de la independencia, tasando así en 63 los muertos admisibles, asumibles, de una hipotética culminación del procés. En el mismo acto, el ex consejero prófugo Comín no sólo habló de la inminencia de un “tramo final dramático” —en alusión a la posibilidad de que la separación de España dejara víctimas mortales— además, instigó el drama: “Ha llegado la hora de pagar un precio”. Ambas declaraciones no eran sino una llamada a cometer acciones violentas. Como lo fue, por cierto, el artículo de Andreu Barnils en Vilaweb ‘¿Dispuestos a morir?’, donde el verbo morir, obviamente, sólo era un trasunto de matar y los signos de interrogación, un señuelo retórico.

En obediencia a esta y otras incitaciones a la violencia –vayan tomando nota los juristas que siguen relativizando los hechos del pasado 1 de octubre—, los llamados CDR extendían el caos por toda la comunidad: corte de carreteras, asalto a peajes, destrucción del mobiliario urbano y, como en Girona y Tarrasa, enfrentamientos con la policía autonómica, cuyos mandos reconocen abiertamente la imposibilidad de garantizar la seguridad de todos los ciudadanos. Sea como fuere, y a medida que la clase política banaliza el riesgo de que la violencia civil se adueñe de las calles, haciendo suya la advertencia de Fontana: “No hay independencia sin guerra de la independencia”. Las fuerzas de choque del régimen van cambiando de atuendo: las camisetas conmemorativas a lo ‘Fem via’, ‘Fem la república’, se han trocado en un atuendo típicamente fascistoide —vestimenta y pasamontaña negros—, que reserva a los incautos una nota poética: la tan publicitada sonrisa, que siempre fue una mueca —de ‘sonrisa de cemento’ la tilda con justeza Emilia Landaluce en su ‘No somos fachas, somos españoles’— es hoy una máscara.

El atisbo en los discursos de Torra y Comín de un horizonte en que el culto a la nación se traduzca en muertes, unido a la acción paramilitar de los CDR ya no puede engañar a nadie; a nadie, cuando menos, que no sea un cínico. Lo que acontece en Cataluña es un asalto al Estado por parte de un movimiento ultranacionalista de raíz xenófoba que, durante años, y gracias a la ataraxia o simple connivencia de la izquierda, ha logrado camuflarse de revuelta pacífica y democrática contra la tiranía española.

Cabe urgir al Gobierno de la nación a cortar de una vez y para siempre esa pretensión, máxime ante el anuncio de altercados para el 21 de diciembre en ‘respuesta’ al Consejo de Ministros que ha de celebrarse en Barcelona. La inacción es inacción, por mucho que Sánchez pretenda disfrazarla de enérgicos aspavientos. Y el tiempo se agota. Mientras escribo estas líneas, me entero de que anoche, en el Colegio de Abogados de Barcelona, un comando ultra hostigó a los asistentes a una conferencia de Alfonso Guerra por los 40 años de la Constitución. Así describía el ambiente, a la salida del acto, uno de los asistentes: “Afuera nos esperaba una jauría vociferante que coreaba sus sólitos pareados idiotas. Al estar al lado de la delegación del Gobierno, estaba lleno de policía, por suerte. Pasé solo por delante de ellos y vi sus caras vacías y llenas de odio. Creo que nunca había sentido tanto odio en mi vida”.

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